Punta del Este, Uruguay

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LO QUE POCOS SABEN DE UN DIA COMO HOY: “EL DESEMBARCO DE “LOS TREINTA Y TRES”, EL ÓLEO DE JUAN MANUEL DE BLANES Y LA ESCRITA REACCIÓN DE ADMIRACIÓN DE “MARTÍN FIERRO


 

Luis Ceferino de la Torre fue quien confeccionó las banderas que portaron los cruzados el 19 de abril en el desembarco. El pintor suizo Jean Philippe Goulou fue quien pintó la inscripción “Libertad o Muerte” en la ropería de Luis Latorre, y una mujer de la sastrería Pérez y Villanueva de Buenos Aires fue quien bordó las letras. Pudo estar inspirada en la frase: “Independencia o muerte”, del Grito de Ipiranga.

 

Un día como hoy de 1825 comenzaba con el desembarco de patriotas en la playa de La Agraciada de la Provincia Cisplatina, hoy República Oriental del Uruguay, entre los que se encontraban oriundos de esta tierra (criollos), y según el historiador Aníbal Barrios Pintos, hubo cuatro argentinos, cuatro paraguayos y uno nacido en Mozambique. Se trataba de Joaquín Artigas, liberto que era criado del cruzado Pantaleón Artigas, sobrino del prócer Gral. José Gervasio artigas.(Tómese en cuenta que Argentina y Paraguay como tales y hoy aún no existían aunque sí obviamente, sus territorios).

Se conocen al menos 16 listas de los supuestos “33” orientales. Esta es la más fidedigna dado que fue posteriormente cotejada con toda la documentación y correspondencia intercambiada entre los patriotas, los criollos que no intervinieron, españoles y portugueses; sin perjuicio de las memorias de Spikerman y el propio Lavalleja. Aunque siempre se ha discutido si realmente fueron “33” los orientales, o si este número fue elegido posteriormente por los integrantes masones de la “patriada” y su simbolismo.

 

La historia se mezcla con la leyenda de estos valientes hombres que venían, como decía su bandera, a pedir “LIBERTAD O MUERTE”.

“Los hombres de 1825 son así. Empeñosos, han cultivado día a día el espíritu de sus hermanos de infortunio v han visto multiplicarse el número de sus prosélitos; recios y sufridos, han predicado la buena nueva de la libertad, y la santidad de su causa ha encontrado junto con el aliento del desinterés, la pasividad del egoísmo; tocados por el destino para ser los ejecutores de un plan providencial, desproporcionado a sus medios, a él entregan vidas y haciendas sin tasa ni medida; y cuando llega el momento de sofocar su vocación guerrera para dar comienzo a la obra duradera de la paz, del orden, del límite a la arbitrariedad, estos hombres extraordinarios bajan sus espadas en señal de acatamiento al gobierno incipiente.

Símbolo son de las ideas democráticas que vienen a implantar. Son hijos del pueblo, con arraigo en el pueblo, y su única esperanza v su única fe, es también el pueblo. Jamás usarán de la fuerza sino como un medio imprescindible para aniquilar a una fuerza contraria y opresora. Fieles intérpretes del hermoso postulado que encarnan, será su finalidad esencial edificar sobre las ruinas.

Si desde el punto de vista patriótico son grandes estos raros ejemplares de valor y desinterés, también son grandes desde un punto de vista puramente humano. Grandes, porque vienen a libertar a sus hermanos de la fuerza que los oprime y de la rapacidad que los aniquila; grandes, porque repudian los halagos y los premios ganados al bajo precio de la sumisión y del renunciamiento; grandes, porque se mueven y reaccionan al influjo de ideales desinteresados. La patria es la obsesión de todas sus horas.”(Historiador De María).

Pero estos hombres han de lidiar también con las costumbres, las pasiones humanas y los imprevistos.

Pocos libros de historia les contarán lo ocurrido al llegar nuestros “33” a la costa de La Agraciada:

De María asegura que durante la estada de aquellos en la isla, de Brazo Largo  “pasaron de oculto a la costa oriental, Oribe, Lavalleja (Manuel) y el baqueano Cheveste, con el objeto de hablar con Gómez (don Tomás) y convenir el día y punto en que debía esperar con caballada a los expedicionarios”. Vueltos a la isla de Brazo Largo, aguardaron el arribo de la segunda expedición unos diez días más, al cabo de los cuales “don Manuel Lavalleja y don Manuel Oribe, genios impacientes y movedizos, determinaron irse con Cheveste a inquirir la causa de aquel silencio y buscar qué comer, que por lo pronto era la primera necesidad que había que satisfacer. Al llegar a tierra la noche era oscura, y casi a tientas dieron con una carbonería, cuyo dueño los llevó a la inmediata estancia de los Ruiz, quienes les explicaron que don Tomás Gómez había sido descubierto, teniendo que escaparse para Buenos Aires, y que las caballadas de la costa habían sido recogidas e internadas.”

Es entonces Ruiz quien se compromete a proveer la caballada para los insurrectos a desembarcar el 19 de abril.

La historia más difundida es que al desembarcar, los hermanos Ruiz esperaban escondidos entre las breñas con 70 caballos, pero…

…llegados a tierra el 19 de abril, nada los espera, NADA; según la correspondencia entre las partes y recopilada por el Estado Mayor del Ejército, División Historia y Archivo en 1932, bajo el nombre de “Correspondencia Militar del año 1825” ( que quien esto escribe atesora realmente); el mayor inconveniente y primera desazón de los patriotas surge al enterarse que los hombres de Ruiz, encontrándose en camino a La Agraciada con una caravana de carretas de “quitanderas” (mujeres que ejercían el oficio más viejo del mundo trasladándose por los campos y ofreciendo sus servicios en sus conocidas carretas) se habían visto “tentados” y la distracción más el abundante beberaje les hizo perder la noción del tiempo y lo que es peor; el rastro de la caballada .

Carátula del segundo tomo de Correspondencia Militar del año 1825 publicada en 1932.

 

Lámina del pintor uruguayo Pedro Figari, representando a las quitanderas y sus reconocibles carretas en un campo con carencia de mujeres y población superiormente  masculina.

Por tanto, debió Lavalleja enviar a varios baqueanos a conseguir caballos que algunos entregaron de buen modo y a otros les debieron ser requisados. Aquí el primer inconveniente que enfrentaron los patriotas; y seguramente aunque desconcertante el menor de los que debieron afrontar en sucesivas batallas militares y políticas.

 

EL CUADRO DE JUAN MANUEL DE BLANES

El reconocido pintor de gestas patrióticas e históricas, además de personajes de la época fue convocado a plasmar el Desembarco de los 33 Orientales.

Pasados cinco años del desembarco, Manuel Oribe escribió una lista de todos los hombres que lo acompañaron en la cruzada del río Uruguay, lista que fue ratificada por Lavalleja.

Aunque se sabía que en la cruzada participaron más de cuarenta hombres, cuando se le pidió al artista Juan Manuel Blanes que pintara una obra para inmortalizar el desembarco, se le exigió que solo incluyera a los 33 hombres de la lista de Oribe. Se cree que no es casualidad el número 33, ya que Manuel Oribe era masón, y este número es el mayor grado de jerarquía entre los integrantes de la secta.

                                         Juan Manuel Blanes.

 

Blanes redujo el número histórico de los hombres, pero los demás detalles fueron  reconstruidos con una fidelidad casi obsesiva. El pintor fue a la playa de la Agraciada y llevó consigo a sus modelos, incluso hizo traer arena de la costa a su propio estudio en Montevideo.

El paisaje, el armamento y los uniformes de los hombres fueron pintados con rigor, y sin embargo la escena que vemos en el cuadro  posee divergencias con la realidad, que pueden inducirnos a pensar que el artista las colocó en su obra a conciencia.

El cuadro “El Juramento de los 33 Orientales”  muestra una escena diurna, cuando se sabe que el desembarco ocurrió en la madrugada. Además, no solo se redujo el número real de hombres, sino que en vez de 33, en el cuadro contamos treinta y cuatro orientales.

Se dice que este hombre extra, está en representación de los patriotas que no fueron retratados. Si se mira el óleo con atención, se puede ver el rostro del hombre 34, en la bandera que sostiene Lavalleja.

El óleo se expone actualmente en el Museo Blanes, situado en la zona de El Prado Chico, Montevideo, Uruguay.

 

MARTIN FIERRO Y EL DESEMBARCO DE LOS “33”

Antonio Dionisio Lussich Griffo (Montevideo23 de marzo de 1848 – Ib.5 de junio de 1928) fue un armadorarboricultor y escritor uruguayo

Se destacó por el rescate de navíos, los que forjaron su fortuna dado los frecuentes naufragios por estas costas; y por su legado hoy en día disfrutable en el “Arboretum Lussich”, donde se aprecian en gigantesco espacio, especies de la flora de toda parte del mundo (reconocida como única colección viva en toda América Latina) ; y por ser propietario de los terrenos que abarcan hoy inclusive la conocida Punta Ballena, por la que sus herederos debieron ser indemnizados por el Estado uruguayo hace ya unos años.

Una de sus obras literarias fue “Los Tres Gauchos Orientales”, donde tres personajes característicos de su tiempo en nuestros campos y también en la pampa da la hoy República Argentina;  contaban sus aventuras y desventuras.

José Hernández

Así el periodista y escritor argentino José Hernández, que se “carteaba” con Lussich y supo acercarle su beneplácito y admiración por la obra; idea su “Martin Fierro”, con iguales características y padecimientos según el mismo destacó, pero en una métrica sencilla de memorizar y comprender por todos. Al punto que Martín Fierro se leía a la luz de los fogones y sus andares se comentaban en campaña como los de un ser de carne y hueso.  La inspiración de Lussich en José Hernández fue reconocida ampliamente por éste último.

Por cosas del destino, el  gigantesco cuadro del desembarco de los 33 Orientales – seis metros de ancho y más de 3 metros de altura – pintado por Juan Manuel Blanes, fue expuesto libremente al público en 1878 y también en exhibiciones donde se cobraba un ingreso a beneficio de sociedades caritativas de Montevideo. Luego a pedido de Buenos Aires también se expuso en aquella ciudad y uno de los visitantes a la muestra fue el poeta y escritor argentino José Hernández quien luego le escribió una carta al pintor uruguayo con 33 sextinas describiendo aquella obra de arte

 

La que transcribimos a continuación es la carta-poema, escrita por Martín Fierro (José Hernández) a Juan Manuel de Blanes y plasma momento a momento lo que hasta hoy en día podemos sentir al admirar el óleo del pintor uruguayo sobre la epopeya que marcaba un hito inigualable en nuestra historia.

Les invitamos a leer esta sextina mirando y localizando a su vez en el cuadro de Blanes a cada personaje mencionado. Toda una  experiencia donde coincidieron hombres de inigualable talento. 

.CARTA QUE EL GAUCHO MARTIN FIERRO DIRIGE A SU AMIGO DON JUAN MANUEL DE BLANES, CON MOTIVO DE SU CUADRO “LOS TREINTA Y TRES ORIENTALES”.

1

Amigo don Juan Manuel,

que se halle, me alegraré,

sano del copete al pie.

Y perdone si en su carta

algún disparate ensarta

este servidor de usté.

2

Una suya recebí

punteada con todo esmero,

y al verlo tan cariñero

dije para mí, a este Blanes,

no hay oriental que le gane

como amigo verdadero.

3

Y aunque me diga atrevido

o que a la Luna le ladro,

como ese bicho taladro

que no sabe estarse quieto

en todas partes me meto

y me metí a ver “su cuadro”.

4

Por supuesto, los diez pesos

los largué como el mejor,

yo no soy regatiador,

y ya dentré a ver después

los famosos “Treinta y tres”…

¡Ah, cuadro que da calor!

5

Me quedé medio azorao

al ver esa comitiva.

Lo miré de abajo arriba

pero, ¡que el diablo me lleve!,

si parece que se mueve

lo mesmo que cosa viva.

6

Encima le han colocao

un sol que valdrá un tesoro.

Lo habrán puesto, no lo inoro

como en el naipe español;

pues habrán dicho esos toros

“a todos alumbra el sol”.

7

Y esa gente tan dispuesta

que su páis va a libertar,

no se le puede mirar

sin cobrarles afición…

¡Si hasta quisiera el mirón

poderlos acompañar!

8

Para mí, más conocida

es la gente subalterna;

mas se ve que quien gobierna

o lleva la dirección,

es un viejo petizón

que está allí abierto de piernas.

9

Tira el sombrero y el poncho

y levanta su bandera

como diciendo “Andequiera

que flamé se ha de triunfar,

vengo resuelto a peliar

y que me siga quien quiera.”

10

Le está saliendo a los ojos

el fuego que el pecho encierra,

y señalando a la tierra

parece que va a decir:

“Hay que triunfar o morir,

muchachos, en esta guerra.”

11

Y animando aquella gente

que a lidiar se precipita,

mientras se mueve y agita

con la proclama del viejo,

hay uno que dende lejos

le muestra una crucecita.

12

Cerca de él hay otro criollo

de poncho y de bota fina.

Se ve que en la tremolina

hará aujero si atropella,

ha agarrao la carabina

como pa darles con ella.

13

Al lao, el de camiseta,

ya deja ver que es soldao;

está muy arremangao

como hombre resuelto a todo,

se le conoce en el modo

que ha sido algún desalmao.

14

Hay otro de pantalón,

tirador bordao de seda;

que le resista quien pueda

cuando llegue a gritar ¡truco!

ha echao al hombro el trabuco

y se ha metido en la rueda.

15

De pantalón va también

otro de sombrero al lao;

es resuelto y animao

pero de un modo distinto:

tiene el naranjero al cinto

y parece más confiao.

16

Hay otro viejo gritando:

“¡A mí naides me aventaja;

en cuanto suene la caja

he de responder al grito!”

Tiene en la mano un corvito

que ha de estar como navaja.

17

Ese que está arrodillao

no me deja de gustar,

uno puede asigurar

que va a decir -cuando hable-

“Todos tienen que jurar

sobre la hoja de este sable.”

18

Que ha de haber sido algún bravo,

en el ademán se alvierte;

y para estar de esa suerte,

dije yo, lo han elegido

o por ser más decidido

o por tener bota juerte.

19

Me gusta el de casaquín,

se le nota el movimiento

como que en ese momento

tira su sombrero arriba,

a tiempo que pega un “¡viva!”

medio loco de contento.

20

Pero entre tanto valiente

dende lejos se divisa

el que en mangas de camisa

se hace notar el primero.

Un gaucho más verdadero

no he visto, ni en los de Urquiza.

21

Espuela y botas de potro,

todo está como nacido;

es patriota decidido,

se ve que resuelto está;

para mejor, le ha salido

medio escaso el chiripá.

22

En el amor y en la guerra,

en todo habrá sido igual;

tiene, en trance tan formal,

el enemigo en contorno;

pero no olvidó el adorno

de cola de pavo-rial.

23

Le adivina la intención

todito aquel que lo vea;

para dentrar en pelea

revela hallarse dispuesto,

y de fantástico ha puesto

de dragona la manea.

24

Lleva su ropa y sus armas

como quien las sabe usar;

con gracia sabe arreglar,

su trabuco en la cintura;

muestra ser por la figura

sin asco para matar.

25

Y además de algunos otros,

me ha llamado la atención

uno que está en un rincón

como quien no dice nada,

se ha largao a la patriada,

descalzo y de pantalón.

26

Y yo, para mí, decía:

éstos hacen lo que deben;

y varones que se atreven

con voluntá decidida

a jugar ansí la vida,

tal vez ni cigarros lleven.

27

Van a libertar su páis,

peliando con valentía;

quizá ni ropa tendrían,

pero nada los sujeta;

hasta las mismas maletas

están, ¡ay!, medio vacías.

28

La carabina y el sable

que están tirados allí,

pensé yo al verlos así:

o alguno se ha hecho avestruz

o son de aquel de la cruz,

que los ha dejao allí.

29

A la distancia se llevan

el bote los marineros,

los mismos que lo trujieron

se retiran apuraos.

Ya se ve, que les hicieron

la compañía del horcao.

30

Parece que van diciendo:

“Áhí quedan sin esperanza,

y vámonos sin tardanza,

si viene juerza enemiga;

tal vez ninguno consiga

escapar de la matanza.”

31

Yo los hubiera agarrao

a los que el bote se llevan;

justo es que a todo se atreva

el hombre que hace la guerra;

cuando pisaron en tierra

debió principiar la leva.

32

No meto en esta coplada

a todos, pa no cansarlo;

pero debo confesarlo,

amigo, y se lo confieso,

yo le saqué los diez pesos

al cuadro, tanto mirarlo.

33

Cuente si son “treinta y tres”,

Si en mi cálculo no yerro:

con ésta mi carta cierro,

amigo, me planto aquí.

Ni Cristo pasó de allí

ni tampoco Martín Fierro.

 

 

 

 

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